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domingo, enero 25, 2004 

El año del Mono
José Luis, el Director, había decidido que era buena idea que Maru y yo nos involucráramos en la separación del área de sistemas, para hacernos hábiles en los protocolos y requisiciones a la nueva empresa. Así que el jueves de la nada nos invitaron a una junta donde se iba a tratar el tema, la onda es que la dicha junta fue en las oficinas corporativas del Grupo Financiero en Santa Fe. Nunca había ido allá y tenía bastante curiosidad de ver como era el lugar.
He pasado varias veces por Santa Fe y los edificios generalmente se ven muy mamones, al menos por fuera, pues bien, también por dentro.
Regresamos ya tarde, básicamente perdimos todo el día.

De ahí estaba yo ansioso por ir a celebrar el año nuevo. A Emilio, que en un principio me iba a acompañar le entro un súbito miedo y se rajó. Así que igual me fui solo.

El barrio chino es bastante chiquito aquí en el DF, al menos lo que estaba adornado, que era como media cuadra y estaba adornada con farolitos de papel. Hay muchos restaurantes y tienditas de novedades que van desde imitaciones chinas de la Barbie hasta té verde, tallarines y chinitos de la suerte. Había bastante gente aparte de chinos y pues me metí a pendejear a algunos locales.
Sobre la calle, cual señora con anafre, había un chino vendiendo arroz en platos de unicel, bastante popular. También alcance a ver la cabeza del dragón usada para el desfile y un mandarín que mas bien parecía salido de la agrícola oriental, en fin bastante folklórico.
Ahí estaba yo entre el chinerío, a punto de ponerme a escoger una china para que cumpliera mi teoría, cuando me habla Armando y propone que brindemos para celebrar el año del mono. La idea se me hizo mas que justa, así que deje a hordas de mujercitas orientales con la ilusión y a algunas de ellas con lágrimas en los ojos y me fui para mi casa.

Ya una vez en mi casa apareció Armando armado con dos six packs. Y entre una y otra cerveza platicamos de cosas como su próxima boda, buena música, trabajo, uno que otro recuerdo y discutiendo la poca madre que tuvo un tribunal italiano al declarar a la Isla de la Pasión, (hoy Clipperton) como territorio Francés y no Mexicano allá por 1931.
En fin, el asunto acabó a las 4 am y 10 cervezas después.

Al día siguiente, no tengo la mas remota idea de donde salió la fuerza para llegar a la oficina, lo único que recuerdo es llegar a colgar mi Dragón chino en mi lugar y estar dispuesto a darle una galleta de la suerte a todo el que preguntara.
Cerca de las dos de la tarde mi jefa sin sospechar mi estado nos invitó a comer un caldo de camarón que parecía estar preparado por el mismísimo Poseidón. Uts, el mejor que he probado en mi vida. Ya reanimado por el caldo tuve la fuerza para ir al posgrado en la noche, pero una vez de vuelta viví uno de los mas intensos mano a mano con mi cama que recuerdo.

En la mañana del sábado culposo, por las quesadillas de pescado que acompañaron al caldo de camarón el día antes, rescaté la caminadora del desuso y la acondicioné en mi cuarto, también escombré mi coche ya que a duras penas entraba yo de tanta mugre que traía adentro.

Después pasó el contador y nos fuimos a la fiesta en honor del cumpleaños de Kathya y sus primas.
Kathya vive en algún recóndito rincón de Xochimilco y sinceramente no tenía muchas ganas de ir. Cuando llegamos vimos un microbús que cerraba la calle, mesas con flores de centro bajo una carpa (lona no pescado), yo me temí lo peor. Pero resulta que esa era otra fiesta, una de 15 años afortunadamente (para nosotros no tan afortunado para la quinceañera), que había que atravesar para llegar a nuestra tertulia, al atravesar los quince años decidimos quedarnos en la fiesta donde dieran mas rápido de comer, que fue la de Kathya. Ahí cometí otro pecado contra la dieta, entrándole con singular alegría a los tacos de guisado (Al fin ya tengo caminadora en mi cuarto) fuck!.
En la fiesta estaba Miguel, y Roberto y Erika a quienes no veía desde el velorio de su hermano Daniel, me dio mucho gusto ver a Roberto.
Nos quedamos en la fiesta lo socialmente aceptable, bailamos, bebimos y comimos (no necesariamente en ese orden). Luego Erika propuso una fiesta en el ajusco donde se reunían sus amigos y colegas mercadólogos. Así que ya encarrerados atravesamos los quince años de nuevo y nos dirigimos al ajusco. La otra fiesta se puso muy buena, a pesar que no conocía a nadie, (ha de haber sido el pomo de Vodka que nos tomamos entre el conta y yo).
Hubo incluso un momento en que consciente de lo ajeno que era yo a la fiesta, que pasó por mi mente devolver los tacos de guisado dentro de la lavadora de ropa que estaba en el baño, just for the fun of it, nadie se hubiera dado cuenta y hubiera dado algo que contar a los dueños de la casa acerca de lo grande que estuvo la fiesta, afortunadamente (para los dueños de la casa) mi civilidad y clase se impusieron e hice lo propio en la taza, como alcohólico decente. Vine a dar a mi casa hasta las 4, noch ein mal.




Mau

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